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Reconocen valor y calidez humana en trabajo de León-Portilla

  • El segundo día de homenaje nacional al Tlamatini estuvo lleno de emotividad, agradecimientos y anécdotas entre familiares, amigos, colegas y alumnos

La jornada en el segundo día del homenaje nacional al historiador Miguel León-Portilla, en el Museo de Antropología e Historia, sucedió entre risas, recuerdos y reconocimientos al trabajo toda su vida, de la mano de sus más queridos colegas, amigos y familiares, quienes aseguraron al público que el doctor, aunque aún delicado de salud, sigue luchando, pues, ama la vida y todavía tiene mucho que compartir con el mundo.

A lo largo de tres mesas, no solo el trabajo académico de don Miguel León-Portilla fue reconocido, sino también su labor humana, pues su calidez y cercanía son de sus cualidades más admiradas.

La primera mesa, titulada Vida y Obra de Miguel León-Portilla, se centró en el estudio de la obra desarrollada por los misioneros franciscanos, quienes registraron el encuentro de dos mundos en su lectura de los códices mexicanos y en la vida de León-Portilla como hombre de familia.

El doctor Baltazar Brito, director de la biblioteca del Museo Nacional de Antropología, el doctor Francisco Morales Portilla, la doctora Ana Rita Valero y la doctora Adriana Cortés Colofón fueron los encargados de moderar dicha mesa.

Los académicos no escatimaron aliento a la hora de reconocer el legado del doctor León-Portilla, a quien llamaron, entre otras cosas, “maestro de maestros”, y calificaron como alguien quien, de manera generosa, siempre compartió su conocimiento sobre el México antiguo, el cual acumuló tras décadas de exhaustivo trabajo.

“Me siento altamente privilegiado, tanto por la amistad que me ha dado, como las enseñanzas que he recibido de él”, agradeció el doctor Morales Portilla.

A la mesa se integraron Georgina León-Portilla, ahijada del homenajeado, así como sus nietos Miguel y Fabio, quienes compartieron divertidas y emotivas anécdotas sobre su vida con el doctor.

La familia contó que, a pesar de que el académico lleva siete meses en el hospital, no ha dejado de luchar, pues, aseguraron, ama estar vivo.

“El otro día le pusieron un poquito de whisky, whiskylucan como él le dice, en los labios y hubieran visto lo contento que se puso”, contó entre risas su ahijada.

La posterior mesa, que se nombró Miguel León Portilla. El Tlamatini, estuvo dedicada a reconocer cómo la labor académica del humanista abrió otras formas de comprensión del pasado y del presente de los pueblos y comunidades indígenas, de sus lenguas, de sus maneras de entender y de vivir el mundo.

Con la participación de la doctora Aida Castillejas, secretaria técnica del Instituto Nacional de Antropología e Historia, el doctor e historiador Rodrigo Martínez Baracs, el escritor Salvador Reyes y la doctora Ángeles González Gamio, quienes reconocieron al autor como el historiador, el humanista y el cronista, respectivamente.

Destacaron que La visión de los vencidos y su tesis doctoral La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes son obras valiosísimas y ya pueden ser clasificadas como “clásicas”, no solo a nivel nacional, sino internacional, pues han sido traducidas a distintos idiomas y publicadas en países “al otro lado el charco’’.

A través de breves repasos del trabajo del tlamatini (el sabio, el que sabe cosas) y anécdotas de vida, los académicos hicieron un llamado a continuar con el legado del doctor Miguel León-Portilla, quien, aseguraron, ama a México y a su gente, y es consciente, al igual que ellos, que el conocimiento y la cultura son vías de desarrollo humano muy valiosas, ideas con las que coincide el plan de trabajo de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México.

La última mesa se vio envuelta entre mágicos ritos, naturalmente, pues se tituló Conjuros, palabras que curan. En ella participaron el historiador zapoteco, Víctor Cata, quien compartió divertidas anécdotas sobre cómo en su pueblo se curaba la vergüenza, el espanto o hasta las “perrillas”, en muchas ocasiones, con otro espanto.

La señora Fidelfa Francisco Santiago, perteneciente al pueblo mixe, compartió, ante una sala en sepulcral silencio y completamente atenta, un rito que consiste en contar granos de un maíz cuya mazorca debe de tener 12 surcos, y tras varias cuentas y cálculos matemáticos, ella obtiene un número de granos que le dan pistas sobre la salud y pronóstico de un enfermo.

La señora Fidelfa aseguró a la familia del doctor León-Portilla que él mejoraría, pues llegando a su casa ella haría un conjuro para pedir por su salud, a lo que el público celebró con un gran aplauso. JRH

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